Cuando pensamos en hipertensión, es inevitable que nos venga a la cabeza la sal. La recomendación más habitual de los profesionales de la salud para combatir esta afección es reducir el consumo de este gran clásico enemigo y, por ende, de sodio. La medida preventiva se basa en una reducción en las comidas de hasta 3 a 6 gramos de sal al día. Esta directriz se suma al tratamiento farmacológico de por vida, la práctica habitual de deporte para el control de peso y al no consumir alcohol en exceso.
¿UN NUEVO MALHECHOR?
Pero pocas veces se habla del azúcar. No del que viene de las frutas (el natural). Hablamos del azúcar procesado, al que en los últimos años se ha relacionado con el desarrollo de una gran cantidad de enfermedades, entre las cuales obesidad, algunas enfermedades crónicas o cáncer. Está claro que el exceso de azúcar puede alterar el metabolismo, aumentar la presión arterial, bloquear las señales hormonales y dañar el hígado.
Teniendo en cuenta las pocas bondades del azúcar: ¿qué pasaría si nuevos estudios recientes indicaran que el azúcar añadido proveniente de alimentos procesados pudiera ser un nuevo culpable en el desarrollo de hipertensión que probablemente se estaría subestimando? Por ejemplo, como indicó un trabajo publicado en 2014 en la revista Open Heart y llevado a cabo por investigadores norteamericanos. En ese azúcar se relacionó azúcar e hipertensión, sin llegar a desmentir en ningún caso la relación directa entre la sal y la hipertensión (luego hablaremos de este binomio).
Según la investigación, un alto consumo azúcar añadido pareció constatar un aumento significativo de la presión sistólica y la presión arterial diastólica en ensayos de 8 semanas o más. Así, las personas que consumieron el 25% o más de calorías de azúcar mostraron un riesgo de muerte por enfermedad cardiovascular casi tres veces mayor. Incluso dosis moderadas de azúcar en cortos períodos de tiempo podían causar daños.
El equipo señala que los estudios epidemiológicos y experimentales con animales y seres humanos sugieren que los azúcares agregados aumentan la frecuencia cardíaca, el gasto cardíaco, la retención renal de sodio y la resistencia vascular. Todo ello puede interactuar y culminar con un aumento de la presión arterial y de la demanda de oxígeno del miocardio.
Hay que dejar claro, no obstante, que la ingesta de azúcares de origen natural como el que proviene de las frutas no solo no es perjudicial, sino que es beneficioso para el organismo.
SAL, ¿SOBREESTIMADA?
Si quizás el azúcar se ha subestimado en su posible relación con la hipertensión, ¿es posible que se haya dado una responsabilidad demasiado elevada a la sal con respecto a la hipertensión?
Un trabajo publicado en American Journal of Hypertension en 2011 aseguraba que la sal podría no estar tan relacionada con la hipertensión. Se recogió información de 8.670 adultos de nacionalidad francesa. Éste fue el resultado: el consumo de sal no pareció tener una relación tan directa con el aumento de la presión sanguínea sistólica, ni en hombres ni mujeres. Un estudio previo de 1988, Intersalt, analizó la presión arterial en sujetos de 52 centros internacionales de investigación y no encontró ninguna relación entre la ingesta de sodio y la prevalencia de la hipertensión. Estudios posteriores han confirmado, del mismo modo, la relación menos intensa de lo que se había pensado de este conocido binomio.
Como indicaba la periodista científica Melinda Wenner Moyer, los temores sobre la sal aparecieron por primera vez hace más de un siglo. En 1904, médicos franceses informaron que seis de sus pacientes con presión sanguínea elevada (factor de riesgo conocido para el desarrollo de enfermedad del corazón) eran “adictos” a la sal.
Las preocupaciones se intensificaron en la década de 1970, cuando el miembro del Brookhaven National Laboratory, Lewis Dahl, afirmó que tenía evidencias “inequívocas” de que la sal causaba hipertensión: se indujo hipertensión arterial a ratas a las que les dieron de comer el equivalente humano de 500 gramos de sodio al día. Los españoles toman de media 9,8 gramos de sal al día, según el Libro Blanco de la Nutrición de la Federación Española de Nutrición y según datos de 2013. Vamos, metieron a las ratas una bomba atómica.
No es que nos pasemos el día comiendo sal y azúcar. El principal problema es que acabamos por comer el doble de lo que deberíamos por los alimentos procesados que ingerimos: pizzas, pan, savory snacks, bocadillos, queso, pollo procesado, pastas, sopas, etc. En concreto, el 75% de la sal que ingerimos cada día no proviene del salero.
El azúcar en los alimentos procesados no aporta ningún valor nutritivo, son calorías vacías, pero se añaden por varios motivos: como preservante (en alimentos ya dulces por sí mismos), para añadir volumen (por ejemplo, a los helados cremosos), para ayudar en el proceso de fermentación de panes y de alcohol, para mantener la frescura en los productos horneados o, finalmente, para que algunas comidas a las que les han quitado las teóricamente enemigas grasas, tengan más sabor.
Del mismo modo que en los alimentos procesados se añade azúcar a productos teóricamente salados, lo mismo ocurre con la sal, que se añade también a cereales de desayuno, galletas, etc.
Fuentes | Sociedad Española de Hipertensión (Club del Hipertenso)
Salud entre líneas Behind the scene