Sábado , 24 Junio 2017
Las etiquetas, ¿una condena?

Las etiquetas, ¿una condena?

Las llaman etiquetas, pero su abasto tiene consecuencias que pueden ser nefastas para cualquiera. Casi todos tenemos alguna que “nos define”. Y casi todos las colgamos, la mayoría de las veces sin pensar. Lo hacemos cuando emitimos juicios de valor, o directamente cuando tratamos a alguien de una manera u otra. Las emitimos desde nuestra escala de valores y no valorando actuaciones esporádicas, sino calificando a una persona determinada en su totalidad: “fulano es así”, cuando casi siempre nuestros comportamientos se deben a emociones puntuales, no a una manera de ser determinada.

Hay etiquetas de todo tipo, las teóricamente favorecedoras y las claramente perjudiciales: cerebrito, empollón, gamberro, estresado, histérico, (im)puntual, relajado, hermano mayor/menor, hermano mediano, entre otras muchas etiquetas. Todas llevan asociado un comportamiento tipo, unas características que en teoría definen a la persona que la lleva colgada. Y acaba ocurriendo: nos acabamos comportando de la manera que se espera de nosotros.

TODO BIEN ORDENADO

A mi parecer, las etiquetas existen por la incesante voluntad del ser humano de clasificarlo todo. Tenemos la perpetua necesidad de tenerlo todo regulado: “tu perteneces al grupo de los desordenados y tú al grupo de los meticulosos”. Así eliminamos los grises de nuestra vida. ¿Qué necesidad tenemos de clasificar?

Como indica Patricia Ramírez, Psicología Deportiva de Alto Rendimiento, en una de sus entradas al blog que alimenta en el País, “clasificar a la gente también facilita la forma de actuar con nuestro alrededor: «éste pertenece al grupo de los egoístas; perfecto, ya sabemos cómo actuar con él». De esta manera metemos en el mismo saco a todo el mundo y decidimos una misma línea de actuación”.

Como Ramírez indica, hacer esto es un gran error, porque “el hecho de que alguien se comporte contigo de forma egoísta una vez, no significa que lo vaya a hacer siempre”.

Las etiquetas incorporan connotaciones implícitas que marcan o estigmatizan a la persona. Y las positivas no tienen por qué ser tan positivas. Imaginad una persona a la que siempre le han dicho que no va a tener ningún problema para tener éxito en la vida, porque es “triunfadora”, inteligente, espabilada y capaz de todo. Es probable que esta persona desarrolle un miedo al fracaso importante, con el simple objetivo de no fallar a todos los que desde muy pequeño pusieron sus esperanzas en él.

PEOR EN LA INFANCIA

Ramírez, que ha hablado en más de una ocasión de las etiquetas, rezaba esta frase en uno de sus artículos: “¡Ojo con las etiquetas y los juicios de valor, y más con los niños! Las personas tienden a comportarse en función de lo que sienten que son”. En los más pequeños, los juicios de valor, que a veces nacen con la voluntad de conseguir lo contrario a través de la reprobación (le dices a un niño que es malo para que deje de serlo), pueden convertirse en una arma de doble filo.

En lugar de conseguir el efecto deseado, las etiquetas minarles la autoestima y la seguridad en ellos mismos. Hay que recordar que es en esta etapa de la vida cuando, como indica la experta, “los niños están construyendo su identidad y su imagen. Y lo hacen en función de la información que reciben del entorno”.

En este sentido, es mucho mejor hablar de comportamientos que del hecho de ser en sí mismo. Si buscamos una respuesta inmediata ante una conducta, tendrá el mismo impacto indicar a un niño o niña que su comportamiento ha sido incorrecto que si se le dice que es un niño o niña malos. Sin embargo, a largo plazo habrá una diferencia importante.

Un ejemplo parecido lo tenemos terapia psicológica. Etiquetar en un diagnóstico concreto puede llegar a ser contraproducente, porque el paciente podría identificarse con el diagnóstico y dificultar su recuperación. Por este motivo, muchos psicólogos prefieren hablar de síntomas más que de diagnósticos.

Sobre Núria Llavina

Experta en divulgación médica y científica, Núria es periodista por la Universitat Autònoma de Barcelona y posgrado en procesos editoriales por la Universitat Oberta de Catalunya.

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2 Comentarios

  1. ¡Buen artículo de opinión!

    Interesante para reflexionar y que propone preguntas perturbadoras
    ¿la mirada de otros nos convierte en lo que somos? y viceversa ¿podemos coartar la libertad individual de los demás con nuestra visión egocéntrica?
    ¡Quizás deberíamos ser mas abiertos y ampliar nuestras percepciones sobre la gente que nos rodea!

    • Núria Llavina Rubio

      Muchas gracias por tu comentario, Pataume! En mi opinión, una de las cosas más importantes que debemos aprender a lo largo de nuestra vida es ampliar nuestro mapa mental y ser conscientes de que todo lo que nosotros consideramos como verdad es, en realidad, algo relativo en los ojos de otra persona. 🙂

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